Conflicto sin relato

espadaUno de los elementos clave para dar consistencia a un relato es la existencia de un conflicto. Un conflicto entendido como un dilema, una decisión, una elección, una confrontación de opuestos sobre la que dilucidar un desenlace que finalmente es productivo. El conflicto en estos términos, por tanto, enriquece frente a los valores supuestamente balsámicos que se le proporciona al consenso. En culturas como la latina, se tiene temor reverencial a la presentación y expresión del conflicto de forma abierta. Pero, en la comunicación, su expresión, su materialización y su resolución, aportan intriga y consistencia al relato, en la medida que gracias al conflicto se genera un sentido de avance motivado.

Conflictos como lo nuevo contra lo viejo, las controversias ideológicas, la dialéctica de los opuestos, los dilemas morales, la dinámica cambio-resistencia o la relación con el orden establecido en términos de cuestionamiento o aceptación, incorporan, primero, un aliciente al relato. En el ultimo post hablábamos del conflicto de roles entre madre y mujer que se podía seguir en el libro Mujeres de película.

Y, al mismo tiempo, la resolución del conflicto puede ser catárquicareveladora o generativa para quienes lo protagonizan a partir de la resolución de procesos dialécticos desde el punto de vista existencial. Permite escuchar, aprender y obtener consecuencias.

Pero, ¿puede haber conflictos sin existir relato en comunicación? Si. En las organizaciones podemos asistir a conflictos finiseculares de relación entre departamentos que no responden más que una tradición repetida y no a un relato o una visión.  En muchas situaciones se produce la sublimación del conflicto sobre la base de la rivalidad. Conflictos como  el Madrid-Barcelona, Casillas-Mourinho o incluso el PP-PSOE han dejado de tener relato en nuestro país. O el conflicto al que asistimos en los programas de televisión basados en la exacerbación de la confrontación entre sus participantes arribando en el puro maniqueísmo.

Todas estas situaciones son enfrentamientos y conflictos tóxicos inanes en lo narrativo, en lo comunicativo y en lo generativo. En realidad, este conflicto permanente, repetido, supone instalarse en un conflicto sin narrativa. Se fuerza artificialmente el hecho de que el conflicto eleva el tono emocional. Y se azuza para convertirlo en un entretenimiento o en un espectáculo. O, en el mejor de los casos, el conflicto se utiliza para forzar un elemento de cohesión o de identidad, del propio grupo frente a los otros, a falta de otro tipo de relato que lo sustente.

Cuando esto se produce, el relato personal, profesional, empresarial, deja de ser atrayente, para ser anodino o episódico e incidental. Incluso, probablemente, no sabemos si existe relato detrás de ese conflicto para acabar definiendo una tensión continua o una discusión continuada.

Y, podemos, encontrar también personajes con vocación de alimentar el conflicto por el conflicto y por lo destructivo en base como máximo en la defensa de intereses propios.  Por eso, en internet, encontramos los “trolls”, dando forma e incendiando conflictos anormalmente virulentos y destructivos.

Relato con conflicto y, en ese orden, proporcionan sentido, intensidad y emoción a nuestra comunicación.  Y, a nosotros, como personas y organizaciones.