Lírica y relato amoroso en los tiempos de Tinder

Cela, uno de los Nobeles más repudiados por sus devaneos políticos con la dictadura, afirmaba que sólo existen dos cosas con plena certidumbre: el amor y la muerte.  Al amor que no lo para ni la muerte, a la muerte, que no la frena ni el amor. Y es que la relación entre Eros y Tanatos, el amor, la vida y la muerte, es una constante en la literatura y en el imaginario colectivo e individual de los hombres. El amor como forma de trascendencia y como origen de la lírica amorosa siempre ha sido una constante

Literaria y vivencialmente, el amor como energía que mueve el mundo, además de los followers de Twitter y los ‘like’ de Facebook en nuestros días, es una de las esencias de la poesía y de la poética. El amor es uno de los últimos refugios de la subjetividad, un reaseguro íntimo en un mundo donde el vértigo, la fragmentación y el ritmo de la sociedad hiperconectada y multitarea socava la naturaleza de las relaciones humanas.

Curiosamente así, los más exaltados adalides de la pasión amorosa, enuncian hoy una construcción emocional de la mente deconstruyen el amor en el ámbito telúrico de la hipersexualidad, siendo ésta una propia forma del declive del “genuino amor” de los poetas que servía de contrafuerte de nuestro storytelling cultural frente a las “50 sombras de Grey” de nuestra sociedad en red.

Pero, es que, también el lenguaje del amor también ha cambiado haciéndose más extensivo, indiscriminado y “democrático”. Antes se utilizaba el verbo “amar” para la relación de pareja mientras que para la familia y los amigos se utilizaba el verbo “querer”. Hoy ese lenguaje es más volátil. El amor en los tiempos de Tinder no se vive, se practica. Tampoco la poesía es lo que era: hay poetas del folk que escriben discursos para percibir 820.000 euros. Por eso, el gran tabú de hoy en día no son las relaciones, formas y perversiones sexuales, sino el amor en su sentido más elevado o comprometido.

El amor romántico, el amor fraternal, el amor platónico, el amor existencial, el amor lúbrico, el amor erótico reflejan una realidad en su diversidad: que no existen formas canónicas para el amor. El amor lo interpretamos con palabras y con historias personales. En tiempos de desorientación y de cultura líquida, probablemente ya sea difícil presenciar aventuras de amor apasionado o amor aventurero, frente a las relaciones dependientes, de poder o explicaciones sociológicas justificativas de los roles sociales y educativos.

Lo que seguro permanece es la propia sublimación personal de esa experiencia íntima y única y su proyección personal, que es el amor y sus líricas como formas de representación.  Como dice Manuel Cruz, en “Amo, luego existo”, “el amor es el combustible para la fantasía de que somos distintos (y mejores) a quienes creíamos ser”.  Por eso existen tantos tipos de amor como personas. Reivindiquemos el amor al amor y sus pornografías. Sus tácticas y sus estrategias.

 

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